La lucha turca es el deporte más homoerótico del mundo

lucha tradicional turca

Aceite, cuero y fuerza bruta son los tres principales ingrediente de la Yağlı güreş

Podríamos estar ante el espectáculo deportivo más involuntariamente homoerótico que existe. Me refiero al Yağlı güreş (lucha en aceite), una de las prácticas deportivas más antiguas del mundo y que en Turquía se vive como una tradición nacional profundamente conservadora y ligada al honor. Sin embargo, desde una perspectiva externa (y especialmente para nuestro público gay), es imposible ignorar ciertos elementos estéticos y físicos. Aquí te cuento algunas curiosidades que hacen de este deporte algo fascinante.

lucha tradicional turca


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El brillo lo es todo

Antes de empezar, los luchadores se bañan literalmente en litros de aceite de oliva. Su único objetivo, desde un punto de vista técnico, es hacer que sea casi imposible agarrar al adversario, obligando a una lucha de fuerza bruta y resistencia. El resultado visual es una exhibición de cuerpos hiper-musculados, brillantes y deslizantes bajo el sol.

Además, lejos de ser una actividad solitaria, los luchadores a menudo se ayudan unos a otros a esparcir el aceite por todo el cuerpo, incluyendo la espalda y el torso. Existe un código de camaradería y respeto mutuo muy fuerte; a pesar de la intensidad del combate, el afecto físico y el cuidado entre compañeros es una parte esencial del ritual previo.

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Kisbet y el agarre interno

Los luchadores visten únicamente el kisbet, que son unos pantalones de cuero de vaca o búfalo que pueden pesar hasta 13 kilos cuando están empapados en aceite.

Como el cuerpo está resbaladizo, la técnica principal para derribar al oponente consiste en meter la mano por dentro del pantalón del otro, en una técnica que tiene por nombre agarre interno. Se permite agarrar del borde interno del kisbet o incluso meter el brazo casi por completo para ganar palanca. Es una proximidad física que no verás en casi ningún otro deporte de contacto.


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La estética de la hiper-masculinidad

Para el ojo moderno, el Yağlı güreş presenta una estética que parece salida de una sesión fotográfica de Tom of Finland. Sin embargo, en Turquía, los pehlivans, que es como se llaman a los luchadores, son vistos como héroes épicos que encarnan valores tradicionales como la generosidad y la honestidad. Esta dualidad entre lo que la cultura turca ve (tradición pura) y lo que el resto del mundo percibe (tensión erótica) es lo que lo hace tan curioso.

Los pehlivans no son solo atletas; en Turquía son figuras casi mitológicas. La palabra pehlivan proviene del persa y significa "héroe" o "campeón", y su estilo de vida está regido por un código de honor muy estricto llamado Adab.

Históricamente, el aspecto del pehlivan ha estado ligado a una estética de masculinidad otomana muy marcada. Verás que muchos mantienen bigotes espesos o barbas cortas, lo cual, combinado con el cuerpo brillante por el aceite, crea una imagen de "fortaleza ruda" muy icónica. Antiguamente, se creía que el vello corporal ayudaba a retener un poco más el aceite, haciendo la lucha aún más difícil.

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Para mantener ese volumen muscular (que no es de gimnasio definido, sino de "fuerza de oso"), los pehlivans siguen dietas masivas. Tradicionalmente, se dice que un gran luchador consume grandes cantidades de miel, nueces y carne de cordero. No buscan el "six-pack" marcado, sino un torso pesado y potente que sea difícil de levantar incluso si metes el brazo en su pantalón.

Hay una regla muy curiosa: si un pehlivan se siente superado o su kisbet se rompe (dejándolo expuesto), puede rendirse besando la mano de su oponente o tocándose la frente con la mano del otro. Es un deporte de una proximidad física extrema pero con una etiqueta de caballero que prohíbe cualquier gesto de mala educación o ira.

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Festival de Kirkpinar
Si alguna vez quieres verlo en vivo, el festival de Kırkpınar en Edirne es el evento principal. Se celebra desde el año 1346 (es el torneo deportivo más antiguo del mundo en ejecución continua). Ver a cientos de hombres aceitados luchando en un campo de césped al ritmo de tambores tradicionales es, como mínimo, una experiencia sensorial inolvidable.

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